Hay quien, convencido de la objetividad de los números, le entrega un premio al máximo goleador en una temporada. Otros, más subjetivos, se decantan por honrar al mejor jugador. Hay incluso quien, reduciendo un deporte de equipo a una oda al chupón individualista, elige al mejor joven, a la mejor revelación, al mejor entrenador, al mejor portero, al mejor defensa, al mejor centrocampista y al mejor delantero. Premios y más premios que una y otra vez giran alrededor de los protagonistas habituales. Los de siempre premian a los de siempre y el resto solo pueden mirar, aplaudir y callar. Desde Panenka creemos que ha llegado el momento de revertir la situación, girar el foco 180 grados y alejarlo momentáneamente del césped para iluminar a aquellos que, repartiendo el juego fuera del él, hacen que este deporte sea cada día más grande.

Siempre hemos querido hacer de la revista un punto de encuentro para inconformistas que contemplan en el fútbol mucho más que galas infumables, contratos publicitarios y discusiones absurdas. Para aquellos que creen que un futbolista con esmoquin es una imagen sencillamente antinatural. En nuestro afán de nadar a contracorriente, estamos convencidos de que, pese a la que está cayendo, corren buenos tiempos para el relato futbolístico en todas sus formas de expresión. Sí, han leído bien: buenos tiempos. Año tras año, gracias al buen trabajo de muchos escritores, cronistas, reporteros y, por supuesto, gracias a la actitud de un buen puñado de futbolistas y entrenadores, la cultura se reconcilia un poco más con el balón. Por tercer año consecutivo, ha llegado el momento de volver a repartir Antonines.